Entre la gente

LOS RESTOS DE NESTOR KIRCHNER ATRAVESARON LA CIUDAD EN MEDIO DE MUESTRAS DE CARIÑO
Entre la gente

por Federico Poore
Página/12, 30-10-2010

Llovieron miles de flores y los que esperaban la caravana se acercaban a los vehículos para tocarlos en señal de despedida. Hubo aplausos, sollozos y dedos en V. La Presidenta se bajó del auto y retó a los policías que forcejeaban con los manifestantes.

El dolor, el respeto y el fervor militante se conjugaron ayer a lo largo de cinco kilómetros, en una emocionante procesión que despidió los restos de Néstor Kirchner. Una multitud se volcó a las calles para seguir el cortejo fúnebre desde la Casa Rosada hasta el Aeroparque, y no hubo lluvia ni despliegue policial que bastara para contenerla. Personas de todas las edades lloraron, aplaudieron y siguieron al ex presidente mientras los más jóvenes cantaban: “Yo soy argentino / soy soldado del pingüino”.

Al mediodía, la Plaza de Mayo estaba prácticamente vacía. Luego de la despedida popular en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos, la mayor parte de los manifestantes se acercó hasta la parte trasera de la Casa de Gobierno esperando la salida de la comitiva oficial. Se unieron a miles de personas que estaban desde temprano sobre la calle Alem, resistiendo la llovizna con impermeables y paraguas de todos los colores. Los obreros que construían la extensión de la línea E del subte hicieron un alto en el trabajo para ver la procesión desde un andamio. Otros se colgaron de los postes de luz: para entonces, ya no había forma de quedar en primera fila. Algunos policías le pidieron a la gente que se ubique “arriba de la vereda”, pero no hubo caso. La marea humana se ubicó a ambos lados del lugar por donde debía pasar la procesión, casi fundiéndose en un abrazo.

En la esquina con Viamonte, un grupo de oficinistas había aprovechado la hora del almuerzo para acercarse a presenciar el cortejo. La ronda se abrió en sorpresa cuando apareció un conocido de la empresa.

–¿Y vos qué hacés acá? –lo increpó jocosamente una de las chicas.

–¿Qué tiene? –se justificó el hombre–. No estaba de acuerdo con algunas cosas, ¡pero era un ex presidente!

Mientras tanto, un anciano se refugiaba de la lluvia en una galería y se sorprendía por tamaña “demostración de afecto”. Vestido de riguroso traje gris, el hombre se preguntó en voz alta si la imagen no evocaba el día de la muerte de Perón. La persona a su lado no pudo responderle, porque sonaron numerosas sirenas, bocinazos y el sonido de uno de los helicópteros. El ruido se hizo cada vez más fuerte. La marcha había comenzado.

De entre la gente, y escoltado por media docena de policías motorizados, apareció el Volkswagen gris en el que viajaba la Presidenta. Más atrás, otro coche llevaba el cajón con el cuerpo de Kirchner. Alrededor de ambos autos se desplegó un fuerte operativo con cientos de efectivos a pie, mientras llovían miles de flores sobre los coches y los presentes se acercaban a los vehículos para tocarlos en señal de despedida.

Entre ellos apareció el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, que con lágrimas en los ojos caminó al lado del cortejo mientras coreaba con la multitud “Néstor no se murió...”. Los trabajadores de su cartera, encabezados por Noemí Rial, bajaron de las oficinas del ministerio para saludar el paso del ex mandatario.

Cada uno procesaba a su manera lo que estaba viviendo. Hubo mujeres sollozando, familias que aplaudían y hombres que levantaron el brazo haciendo la V de la victoria. Tampoco faltaron cantitos contra el vicepresidente Julio Cobos ni consignas dedicadas a los medios opositores. “El que no salta es de Clarín”, vibraban los presentes. Este fervor militante convirtió al funeral en tal vez el último acto político de Néstor Kirchner.

De a poco, los vehículos se fueron abriendo paso en medio de empujones, aplausos, llantos y gritos. Unos sesenta policías rodeaban el centro de la caravana. Cerca de la esquina con Bartolomé Mitre se vivió una escena insólita: la Presidenta bajó del auto y retó a los policías, que forcejeaban con los manifestantes que intentaban acercarse. Luego volvió a subirse al asiento del acompañante y el cortejo siguió su rumbo.

Al llegar a la 9 de Julio, el coche oficial aligeró su marcha y varios militantes comenzaron a correr detrás de él, esquivando a quienes se habían apostado en el boulevard central. Inmune a los militantes que pasaban a su lado a toda velocidad, una señora mayor agitaba un pañuelo rosa y decía “Chau, chau...”. El tramo, con personas saliendo de todos los lados de la avenida, fue uno de los momentos más anárquicos de la recorrida.

“Venimos de Neuquén, de la Patagonia de Néstor, a rendirle a este líder el homenaje que se merece”, anunció Mabel, una señora “de muchos años de edad” –según su propia definición– que se ubicó a metros de la explanada del Malba. Igual de emocionada, su amiga Valentina contó que vino de Chile para despedir a Kirchner. “Adoro la Argentina y adoré a este presidente”, expresó.

La caravana dobló en Salguero y dejó atrás una estela de militantes que ya no podían seguirle el ritmo. En medio de la multitud, un auto particular que claramente no quería formar parte de la procesión tocaba bocina y su conductor pedía pasar. Algunos le gritaron “gorila”, pero un manifestante intercedió. Luego de abrirle paso, le explicó al resto su cálculo electoral: “Es parte de la clase media a la que podemos conquistar”. La carcajada fue general.

Las paredes del Carrefour de la zona estaban llenas de grafitti. “Nos diste dignidad”, leía uno. Sus autores fueron los trabajadores del supermercado, que al ver el coche fúnebre salieron a la calle con sus uniformes y lo despidieron con aplausos. Uno de los manifestantes, paraguas en mano, llegó caminando hasta esa parte. Flaco y de anteojos, se presentó como Martín, un ciudadano sueco. “Cuando Kirchner murió, sentí un dolor que me hizo dar cuenta cuánto nos había ilusionado. Por ahí uno lo criticaba, pero viéndolo ahora estaba claro que había encarado un rumbo”, dijo el hombre, que hace catorce años que vive en Argentina y que sintió “una profunda tristeza” por el repentino fallecimiento del santacruceño.

Luego de cinco kilómetros de recorrida, la llegada a Aeroparque tuvo algunos incidentes, cuando seguidores de Hugo Moyano intentaron entrar al sector militar del aeropuerto. La policía los dispersó con gases y el asunto no pasó a mayores.

Eran cerca de las tres de la tarde cuando el T 55 de la Fuerza Aérea con el ataúd de Kirchner partió rumbo a Río Gallegos. Al advertirlo, los distintos grupos se fueron dispersando bajo una lluvia cada vez más intensa. Pablo, un militante del MPR, emprendió la vuelta junto a sus hijos. “Los que estaban contentos hace dos días ahora se empiezan a preocupar porque vieron el tamaño de este apoyo”, sostuvo. “Acá hay muchísima gente suelta. Todos ellos se van a convertir en esperanza”, concluyó.

Entrevista a Julio Godio

JULIO GODIO, SOCIOLOGO, ESPECIALISTA EN TEMAS SINDICALES
"Hay que dar un debate de fondo"

por Federico Poore
Página/12, 24-10-2010

Julio Godio es uno de los principales referentes en temas sindicales del país. En diálogo con Página/12, el sociólogo, actual asesor del ministro de Trabajo, Carlos Tomada, le apunta al fenómeno de la terciarización laboral que desató el conflicto ferroviario y pide que la muerte del militante Mariano Ferreyra dispare “un debate político-sindical de fondo”. “El asesinato es preocupante, pero no se va a resolver con ninguna ley sino con la participación política de la sociedad”, asegura.

–¿Cómo evalúa los sucesos que terminaron con la muerte de Ferreyra?

–Es un hecho grave porque constituye un retorno a las viejas prácticas de violencia intersindical. No olvidemos que se originó a partir de un conflicto entre la Unión Ferroviaria y trabajadores externalizados, precarios, que trabajaban en la línea Roca, apoyados activamente por el Partido Obrero. Lo que pasó debe preocuparnos seriamente, no tanto porque sea ya un hecho emblemático y definitorio de cosas que van a pasar dentro del movimiento obrero argentino sino porque es otro elemento más que se agrega al clima político de los últimos dos años.

–¿Cómo es este clima?

–Estamos viviendo una suerte de guerra de posiciones entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo, en un momento en el que no se avizora con claridad cuál puede ser el resultado de las elecciones del año próximo. Por eso la preocupación de que se recurra a este tipo de métodos violentos para resolver conflictos, tal como están planteados en el interior de los sindicatos. Más allá de la congoja que uno puede tener por un joven que muere –otro joven más, de apenas 23 años–, esto debe llamar a una reflexión sobre la vida sindical y política del país.

–El principal reclamo de los militantes agredidos tiene que ver con la terciarización, un fenómeno bastante extendido.

–El fenómeno de externalización de procesos productivos no es nuevo en la historia de la economía mundial. Por eso hay que agarrar el toro por las astas y lograr que estos trabajadores queden protegidos colectivamente mediante una representación en el sindicato de rama, que me parece la solución correcta para los trabajadores del Ferrocarril Roca. Hay que eliminar estas formas de externalización trucha que se hacen sólo para violar los derechos sindicales y laborales.

–Otra de las facetas del conflicto tiene que ver con los pedidos de mayor democracia sindical.

–Hay que separar los reclamos que puede tener la CTA con este conflicto. El tema de fondo es que los trabajadores terciarizados tienen que estar en el sindicato, en condiciones de igualdad con sus compañeros. Cualquier consigna que vaya contra estos principios de defensa de las uniones y federaciones, como la idea de crear sindicatos paralelos, está destinado a fracasar: la mayoría de los trabajadores quiere tener un solo sindicato por rama. Lo demás me parece inviable.

–¿Por qué?

–Porque debilita los intereses de los trabajadores, que deben estar unidos para combatir al capital. Por más que algunos puedan gritar “abajo la burocracia sindical”, una estupidez total que sólo sirve a pequeños grupos de izquierda.

–¿Entonces no hay lugar para impulsar procesos más democráticos?

–Sí, es posible plantear, por ejemplo, una reforma de la Ley de Asociaciones Sindicales. Tenemos que dar un debate político-sindical más de fondo.

–¿Cómo se desarrollan los vínculos entre las burocracias sindicales y los barrabravas u otras fuerzas de choque?

–Como fenómeno lleva un tiempo e incluye no sólo a los sindicatos sino también a los partidos políticos. Más aún: no nos asustemos si aparecen algunas empresas vinculadas a estas barras, tratando de hacer reinar la violencia en la política a costa de la democracia. El asesinato de Ferreyra es preocupante, pero no se va a resolver con ninguna ley sino con la participación política de la sociedad para lograr separar la práctica deportiva de la práctica mafiosa.

–Algunos aseguran que al Gobierno le cabe cierta responsabilidad por haber sido “cómplice” de dirigentes sindicales como el titular de la Unión Ferroviaria. ¿Qué piensa de esta lectura?

–Es un argumento que viene de la oposición, una simple provocación. Cualquiera que mire la historia del país de 2003 en adelante sabe que las negociaciones que permitieron recuperar los niveles de empleo y de salario se hicieron con participación de las organizaciones empresarias y con los sindicatos afiliados a la CGT, además de algunos miembros de la CTA. Tratar de achacarle la responsabilidad del hecho a un gobierno que no ha reprimido me parece una provocación que forma parte de un clima de enrarecimiento de la vida política argentina, alimentado por sectores de oposición que no tienen ninguna perspectiva de poder gobernar el país de forma democrática. Estamos yendo hacia un cono de sombras, algo que después de todo el esfuerzo que se hizo para salir de la dictadura no se puede permitir. ¿Vamos a volver al clima de los setenta? Sabemos ya a dónde nos llevó el no poder darnos el tiempo para decir: “Paremos un poco y veamos los problemas políticos de fondo”. Esto, me parece, se está dando con la idea clara de asustar a la clase media.

–Pero las fuerzas de choque existen. ¿Cuál es la solución?

–Me parece de vital importancia dilucidar quiénes han sido los ejecutores del hecho y quiénes sus autores intelectuales. En cuanto al debate más amplio, resulta crucial evitar las soluciones mágicas. Se puede comenzar estableciendo fuertes compromisos políticos con los clubes de fútbol, bajo la idea de que si el clima se sigue enrareciendo ellos también la van a pasar feo. El asunto debe ser tomado con mucha serenidad.

"Un chico tímido pero inquieto"

MARIANO FERREYRA, EL MILITANTE DEL PO QUE MURIO DE UN DISPARO
"Un chico tímido pero inquieto"

por Federico Poore
Página/12, 21-10-2010

Tenía 23 años y militaba en la sede Avellaneda del Partido Obrero. También integraba la FUBA. Había llegado a media mañana a la estación de tren para acompañar la protesta de los ferroviarios. Llegó al Hospital Argerich sin vida.

Cuando lo asesinaron por protestar, Mariano Ferreyra tenía sólo veintitrés años. Militaba en la sede Avellaneda del Partido Obrero y en 2002 había participado del corte del Puente Pueyrredón que terminó con otras dos muertes, las de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. “Era un chico tímido pero inquieto, muy solidario y formado en la lucha”, dijo Norma Giménez, una de sus compañeras en el partido.

Flaco y de rulos negros, Mariano también integraba la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) y desde la adolescencia tuvo interés por militar en la izquierda. Mientras cursaba el secundario intervino activamente en el centro de estudiantes, donde lo eligieron delegado de su colegio y hace algunos años formó parte de la ocupación de la fábrica recuperada Sasetru.

Su historia de militancia dio un salto cuando comenzó el ingreso a la universidad para estudiar Historia. “Lo marcó mucho el reclamo por un edificio propio para la escuela de música popular”, recordó Marcelo, integrante de la Unión de Juventudes Socialistas (UJS), la organización juvenil del PO. Tiempo después se recibió de tornero y durante los últimos tres años trabajó intermitentemente como metalúrgico. Allí, como empleado a prueba o contratado, conoció de primera mano algunas de las facetas de la precarización laboral.

Quizá por eso, Mariano no dudó en sumarse ayer a la manifestación en apoyo a los trabajadores tercerizados del Ferrocarril Roca, luego de que los despedidos apelaran a la solidaridad de las organizaciones políticas y sociales. Llegó a la estación Avellaneda a media mañana, acompañado por militantes del PO, de la FUBA y del Polo Obrero, con la intención de cortar las vías. Fue su última protesta. Los esperaba una patota que les arrojó piedras desde el terraplén y luego los corrió durante varias cuadras. Uno de sus integrantes sacó un arma de fuego y les disparó. Mariano recibió un balazo en el tórax y llegó al Hospital Argerich sin vida.

Hasta ayer vivía en su casa de Sarandí, cerca del Coto de Avellaneda, junto a sus padres y su hermana menor. En los últimos meses les había contado a sus conocidos sus ganas de empezar a estudiar cine en la Universidad de Lanús.

“Esto no es un rayo en cielo sereno”, aseguró Giménez. Su amiga denunció que “la patota del gremio de los ferroviarios viene actuando hace más de un mes” y lamentó con rabia que pese a la presencia de la policía en el lugar no haya hasta el momento ni un solo detenido por el asesinato de Mariano.